RADICALIZACIÓN EN ÁFRICA/ Radicalization in West Africa

Alfred_Nov-2013_imageLa semana pasada situábamos en nuestro cuadro de alertas el fenómeno del aumento de la radicalización religiosa en Senegal, y no hay semana en la que en nuestros reportes o noticias no aparezcan Níger, Chad, Burkina, Mali, Nigeria, etc.

La zona de África Occidental que hoy nos ocupa es la que abarca ese grupo de países entre la orilla norte del golfo de Guinea y el Sahel: desde Senegal por el Oeste hasta Nigeria y Chad por el Este. La problemática existente en muchos de estos países con respecto al auge del islam radical es bien conocida, pero es de vital importancia conocer el estado de dicha situación en países menos “mediáticos” que Mali o Nigeria, siendo claros ejemplos de países cuya paz social se está viendo rápidamente condicionada por el auge del radicalismo Benín, Togo, Burkina y, especialmente, Senegal.

Para empezar, las condiciones para el auge de los radicalismos en esta zona del mundo son inmejorables:

  • Poca o nula identidad nacional.
  • Fuerte espiritualidad y tendencia a la religiosidad de la población.
  • Crisis económicas, que se traducen en paro, hambre, explotación e injusticias.

Una vez establecido el marco ¿Qué está ocurriendo?

En Senegal, un país clave, y que ha sido considerado tradicionalmente como una nación especialmente diversa y tolerante en cuanto a religiones se refiere, están ganando peso las asociaciones de musulmanes radicales, que ejercen una cada vez mayor presión sobre el aparato gubernamental en cuestiones civiles como, por ejemplo, la persecución y el castigo de la homosexualidad. El tono del discurso en Senegal está cambiando, influido por la cercana olla a presión maliense y por la presencia de nuevos agentes de radicalización en las mezquitas.

En Burkina ya hemos sido testigos de violencia religiosa, especialmente desde el desmoronamiento del gobierno de Compaoré en 2014 y la consecuente disolución de los servicios secretos del país, a los que siguió el comienzo de la violencia yihadista, proveniente de Mali debido a la presión del ejército francés sobre los terroristas, que se tradujo en secuestros (2015) y en los atentados de Uagadugú, perpetrados por Al Mourabitoun, en 2016. Actualmente hay decretada una franja de seguridad crítica de 100 kilómetros desde las fronteras con Níger y Mali.

En Togo, país donde las iglesias y las mezquitas se construyen utilizando el mismo muro de carga para evitar exceso de trabajo y convertir la espiritualidad en un interés común, hay una cada vez mayor presencia de indicios de radicalismo, como la aparición del niqab, especialmente en la zona norte: pobre, muy rural y fronteriza con Burkina. El gobierno togolés, en manos de Faure Gnassingbé, es lo suficientemente sólido como para tomar medidas de control llegado el momento (ya ha habido acuerdos de colaboración policial con Burkina y Níger), pero el proceso de transición en el que está sumido supone un foco de inestabilidad que podría convertir al país en un receptor de yihadismo.

Finalmente, Benín, con unas condiciones de seguridad aceptables, no tiene un problema actual de seguridad con respecto al radicalismo islámico, pero las provincias septentrionales de Alibori y Borgou están en el punto de mira de los yihadistas de Boko Haram; precisamente por tratarse Benín de un país de mayoría cristiana y animista (24% musulmanes), entra dentro del perfil de objetivo terrorista predilecto para Boko Haram.

En la mayoría de estos países, por el momento, solo ha habido protestas, indicios superficiales y un endurecimiento del discurso religioso, pero habida cuenta del rápido empeoramiento de la situación en Mali, Nigeria o Níger en los últimos 10 años, cabe esperar que la tendencia en los países circundantes sea similar si no hay un esfuerzo real de cara a impulsar el desarrollo en la región por parte de las potencias occidentales y si no se establecen unas condiciones de estabilidad y seguridad que permitan la buena salud del tejido social, puesto que el radicalismo se alimenta de la inestabilidad, la pobreza y el descontento, y África, líder en las tres facetas, va a ser el siguiente campo de batalla contra Al-Qaeda, DAESH y sus respectivas filiales.


BN-ML582_AFRISL_P_20160204163418The last week we put on our alert panel the religious radicalization phenomenon in Senegal, and there is no week without reports about Niger, Chad, Burkina Faso, Nigeria, etc.

The region of Western Africa which concern us today is the one which goes from the north shore of Guinea’s Gulf to the Sahel. From Senegal in the west to Niger and Chad in the east. It is well known the problematic of the raise of radical Islam in most of these countries, but it is crucial to know what is happening on that subject in less “famous” countries than Mali or Nigeria, being Benin, Togo, Senegal, Burkina or Côte d’Ivoire good examples of countries in which the social peace is being affected by the radicalism growth.

First, the ambient conditions of this region are the best to promote the religious radicalism:

  • No national identity.
  • Strong spirituality and strong tendencies to religion in the population.
  • Economic crisis: unemployment, hunger, exploitation and injustice.

Once explained the framework, what happens now?

In Senegal, a key country and always considered as a very tolerant and religious diverse country, the radical Muslim associations are gaining importance and influence, putting more pressure over the government day by day, as, for instance, the prosecution and the punishment of the homosexuality. The colour of the speech is changing in Senegal is changing, influenced by the close Malian chaos and by the presence of new radicalization agents in the mosques.

In Burkina Faso we have already been witnesses of the religious violence, specially from the collapse of Compaoré’s government in 2014 and the resulting dissolution of the Burkina’s secret services, which followed the start of the jihadist violence, coming from Mali and caused by the pressure of French army over the terrorists. This violence turned into kidnappings (2015) and the terrorists attacks of Ouagadougou (2016), perpetrated by Al Mourabitoun. Burkina stablished a critical security area in the 100km previous to the borders of Mali and Niger.

In Togo, where churches and mosques are built using the same master wall to avoid double the work and to turn the spirituality in a common interest, there is growing evidences of radicalism as the apparition of the niqab, especially in the northern region: Rural, poor and bordering Burkina. The Togolese government, owned by Faure Gnassingbé, is strong enough to apply control policies if the situation gets worse (There have already been police collaboration agreements with Niger and Burkina) but the democratic process is a source of instability, which could turn the country into a jihadist recipient.

Finally, Benin, in which the security conditions are suitable, doesn’t have a problem with the Islamic radicalism violence yet, but the northern provinces of Alibori and Borgou are in the bullseye of the Boko Haram jihadists; precisely because Benin is a Christian and animistic majority country (24% muslim), it fits into the profile of a jihadist objective (for Boko Haram), more than a “suitable for radicalization” country.

In most of these countries, for now, there have been only protest, superficial evidences and a tightening of the religious speech, but knowing the fast worsening of Mali’s, Nigeria’s or Niger’s situation in the last 10 years, it is predictable that the trend in the surrounding countries is going to be similar if there is no Western powers real implication to develop the region, and if there is no an effort to establish enough security and stability conditions that guarantee the health of the social environment.

The radicalism feeds from poverty, instability and the popular discontent and Africa, the leader in these three facets, is going to be the next battlefield in the war against Al Qaeda, DAESH and its subsidiary organizations.

FERNANDO LAMAS MORENO

 

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