EL FUTURO DE UNA LIBIA PARTIDA/ The future of a split Libya

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Hani Amara/ Reuters

Aunque esta semana el secretario de defensa estadounidense, Ash Carter, declaró la derrota completa del autoproclamado Estado Islámico en su feudo de Libia (Sirte) y el fin de los bombardeos contra esa ciudad[1], la situación es mucho más compleja como para dejarla en una victoria determinante. La hégira de los combatientes del grupo terrorista hacia el este está causando estragos en el ejército nacional libio (LNA son sus siglas en inglés), ya que ha tenido varios encuentros violentos en zonas colindantes a la ciudad (en Amera), donde uno de los líderes del Daesh fue abatido (Qaqah al Dernawi)[2].  La limpieza de fieles al Daesh en Sirte no ha finalizado; de hecho, el combate por el dominio completo de la ciudad se ha saldado con unos 3250 heridos y 751 muertos, según el portavoz del Hospital Central de Misrata[3]. Además, aún se tienen en consideración los más de cien combatientes huidos antes de la toma de la ciudad, que sin duda buscarán aunar fuerzas de nuevo en otras zonas donde cuentan con presencia militar (al sur del país, cerca de la frontera con Argelia) o intentarán cruzar las fronteras y reunirse con otras unidades (en Egipto, Sudán o Marruecos, por ejemplo, o hacia Europa).

Daesh no contaba sólo con la unidad político-militar de sus capitales en Libia, Siria e Irak, sino que se ha esmerado en formar células y alianzas con otros grupos en el resto del territorio que les va a garantizar una presencia más prolongada (y amenazante) en el país y en las zonas vecinas. La ruptura político-social de Libia (dividida en diversas lealtades tribales, hacia un gobierno apoyado por la comunidad internacional con sede en Trípoli, pero con bajo apoyo local y compuesto por múltiples y desordenadas milicias, y un gobierno rebelde, heredero de las fuerzas de Gadafi con sede en Tobruk y que recibe ayuda militar de Egipto, Rusia y Jordania) le ayudará al grupo terrorista a pasar desapercibido en el territorio (si así lo desea) para reestablecer sus influencias (de momento con otras células yihadistas en la frontera con Libia o entre las múltiples milicias yihadistas que conforman el país). Jonathan Winer, de la administración Obama en Libia, también considera la posibilidad de que se de este futuro: “Creemos que están esperando oportunidades para reconducir más ataques sobre Libia o sus vecinos, y si es posible para reestablecerse geográficamente”[4].

No obstante, aunque aún se mantienen en resistencia en la ciudad de Sirte y dispersamente en el sur del país cerca de la frontera con Argelia, el escenario ha caído en manos de las luchas por el poder y el control de los centros de producción de petróleo, especialmente protagonizadas por las milicias de Trípoli y las fuerzas leales al gobierno de Tobruk. De momento, el enfrentamiento se producirá por el futuro gubernamental de Libia entre estos grupos (y Daesh pasará a un segundo plano), con el impulso del Ejército Nacional Libio, secundado por una Rusia con interés de recuperar influencia en la región (después de la caída de Gadafi), y por otro lado, el apoyo en favor del gobierno sujeto por la comunidad internacional que pretende aglomerar a todos los que se oponen al antiguo régimen, que aboga por una transición política del país en manos de otros militantes no vinculados al pasado pero que optan por un cambio de sillas de en el poder.

Las derrotas territoriales del autoproclamado Estado Islámico en el norte de África, Siria o Irak están obligando al grupo a reformular su identidad y a re-adoptar una nueva estructura y estrategia para la supervivencia; de momento, han demostrado una amplia capacidad de adaptación, a pesar de los numerosos enemigos que los enfrentan y a los frentes que tienen abiertos en combate, pero hay que tener en consideración que la caída física del Califato lo tenían en mente desde hacía mucho tiempo (sólo hay que ver cómo han reforzado la ciudad de Mosul para mantener un combate que les beneficie y les asegure una segunda oportunidad en la región). Cederán la presencia estatal (gobernando ciudades con un complejo aparato burocrático) en centros clave (como Mosul, Raqqa o Sirte), pero absorberán las numerosas fortalezas que les aseguran las vulnerables fronteras y situaciones desequilibradas y en quiebra en África y las oportunidades de esos territorios, cada vez más islámicos y radicales (sudeste asiático) o heridos por el sectarismo (Europa y Oriente Medio).


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Petroleum Economist, September

Although this week, the US Secretary of Defense Ash Carter declared the complete defeat of the self-proclaimed Islamic State in its Libyan stronghold (Sirte) and the end of the bombing ofthat city[1], the situation is much more complex than to leave it in a determinant victory. The Hijrah of the terrorist group fighters to the east is wreaking havoc on the Libyan National Army (LNA), as it has had several violent encounters in areas adjoining the city (in Amera), where one of the leaders of Daesh was been slaughtered (Qaqah al Dernawi)[2]. The cleansing of worshipers to Daesh in Sirte is not over. The battle for the full control of the city has resulted in some 3250 wounded and 751 dead, according to the spokesman for the Central Hospital of Misrat[3]. In addition, more than 100 fighters fled before the capture of the city, who will undoubtedly seek to join forces again in other areas where they have a military presence (in the south of the country, near the border with Algeria) or they will try to cross borders and meet with other units (in Egypt, Sudan or Morocco, for example, or in Europe).

Daesh did not only rely on the political-military unity of its capitals in Libya, Syria and Iraq, but has worked to form cells and alliances with other groups in the rest of the territory that will guarantee them a more prolonged (and threatening) presence in the country and in neighboring areas. Libya’s political-social rupture (divided into various tribal loyalties, towards a government supported by the international community -Tripoli-based-, but with low local support and composed by multiple and disorderly militias, and a rebel government, heir to the forces of Gaddafi based in Tobruk and receiving military aid from Egypt, Russia and Jordan) will help the terrorist group to go unnoticed in the territory (if it wishes) to reestablish its influences (currently with other jihadist cells on the border with Libya or between the multiple jihadist militias that make up the country). Jonathan Winer, of the Obama administration in Libya, also considers the possibility of this future: “We believe that they are waiting for opportunities to redirect more attacks on Libya or its neighbors, and if possible to re-establish itself geographically”[5].

However, although they remain in resistance in the city of Sirte and scattered in the south of the country near the border with Algeria, the scenario has fallen into the hands of the struggles for power and control of the oil production centers, specially led by Tripoli militias and forces loyal to the Tobruk government. At the moment, the confrontation will be caused by the Libyan government’s future between these groups (and Daesh will pass into the background), with the drive of the Libyan National Army, backed by a Russia with an interest in regaining influence in the region (after Gaddafi’s fall) and, on the other hand, the supported government by the international community that seeks to agglomerate all those who oppose the old regime, which advocates a political transition of the country in the hands of other militants not linked to the past but opting for a change of chairs in power.

The territorial defeats of the self-proclaimed Islamic State in North Africa, Syria or Iraq are forcing the group to reformulate its identity and re-adopt a new structure and strategy for survival; For the moment, they have shown a broad adaptability, despite the numerous enemies that face them and the fronts they have open in combat, but it must be borne in mind that the physical fall of the Caliphate had long been in their minds It is only necessary to see how they have reinforced the city of Mosul to maintain a combat that benefits them and assures them a second opportunity in the region. They will cede a state presence (ruling cities with a complex bureaucratic apparatus) in key centers (such as Mosul, Raqqa or Sirte), but they will absorb the many strengths that secure them the vulnerable borders and unbalanced and bankrupt situations in Africa and the opportunities of those territories , Increasingly Islamic and radical (Southeast Asia) or wounded by sectarianism (Europe and the Middle East).

MARTA Gª OUTÓN

[1] http://edition.cnn.com/2016/12/13/politics/pentagon-key-libyan-town-now-free-of-isis/index.html

[2] http://alwasat.ly/ar/news/libya/127162/

[3] http://www.libyaobserver.ly/news/715-fighters-killed-sirte-battle-official

[4] http://www.nytimes.com/2016/12/08/us/politics/libya-isis-sirte.html?_r=0

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