EGIPTO, UNAS ELECCIONES PRESIDENCIALES SIN OPOSICIÓN/ Egypt: a presidential election without opposition

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Egypt’s president, Abdel Fattah al-Sisi, will run for a second term in elections next month. Reuters

El país árabe más poblado del planeta comenzará a finales de marzo las terceras elecciones “democráticas” desde la caída de la dictadura de Mubarak en 2011.

 

Al-Sisi ascendió al poder tras el golpe de Estado en 2013, que consiguió derribar a Mubarak y a la organización de los Hermanos Musulmanes, permitiendo la celebración de unas elecciones al año siguiente. En estas Al-Sisi, tras dimitir de sus cargos militares, arrasó a sus rivales (96,9% de los sufragios), debido a que tenía de una verdadera popularidad en un amplio sector de la sociedad egipcia, la cual se había ido formando durante todo el proceso de derrocamiento del antiguo gobierno.

Sin embargo, aquellas elecciones no fueron libres ni dispusieron de garantías de oportunidad, y Hamdin Sabbahi, tercer aspirante más botado, padeció una furibunda campaña de desprestigio por parte de los medios oficialistas. Dicha situación se repite a medida que se acerca la primera vuelta (26- 28 de marzo) de estas elecciones, calificadas de “fraude” por la oposición y por varios sectores sociales. A estos nuevos comicios, se presentaron 31 candidatos, de los cuales cabe destacar a tres grandes figuras de la política egipcia.

El primero de ellos es Ahmed Shafiq, ex primer ministro de la dictadura de Mubarak, que ya se presentó en las del 2012. De ideología conservadora, Shafiq comenzó a ser un peligro para Al-Sisi cuando ambos empezaron a apelar al mismo electorado. “Shafiq representa al “estado profundo” del régimen Mubarak, que quería aprovechar la desafección con las políticas de Al-Sisi para defender sus intereses”, apunta Ahmed al-Bakry, un analista de tendencia islamista. Sin embargo, Shafiq retiró su candidatura alegando a las “fuertes presiones” que había recibido por parte de los medios gubernamentales.

En segundo lugar, Jaled Ali, un abogado que empezó a hacerse eco el año pasado tras el caso tan famosos de la concesión de dos islas a Arabia Saudí por parte del gobierno egipcio, el cual se frenó gracias a Jaled. Este forma parte del único reducto opositor vigente en la actualidad egipcia, la Alianza 25-30, que cuenta con un papel testimonia y una veintena de diputados de tendencia liberal-progresista. Sin embargo, cuando se perfilo como un fuerte contrincante contra Al-Sisi, la fiscalía le acusó de “haber realizado un gesto obsceno” después de recibir un fallo favorable en el caso de las islas. En septiembre, fue condenado a tres meses de cárcel, y su apelación se ha aplazado hasta el mes de marzo, por lo que su condición actual de convicto le impedirá concurrir en los comicios.

Y, por último, Sami Anan, ex jefe del Estado Mayor durante 2005-2011, es un viejo conocido en los pasillos del poder egipcio. A diferencia de Al Sisi, de 63 años, cuenta con experiencia en el campo de batalla, haciendo de él un fuerte rival. Pero, al igual que los dos anteriores, fue detenido el 23 de enero después de que las fuerzas armadas le acusaran de falsificar documentos, postularse sin contar con la autorización castrense, así como de instigar la discordia entre la opinión pública.

Con estos tres casos, Al-Sisi y su gobierno (controlado por el ejército), han dejado entrever la cadena de violaciones y hostigamientos que han llevado acabo para eliminar cualquier figura que pueda poner en peligro la victoria del mariscal egipcio. Solo ha sobrevivido a estas infracciones Mostafa Mousa, líder del partido Ghad, y será el único que encare al presidente egipcio en las inminentes elecciones. “El régimen quiere algún competidor para aparentar que son unas verdaderas elecciones, pero debe ser un candidato que puedan controlar”, declaraba hace unos meses el analista Wael Eskandar. “Durante un fin de semana, pareció que ese papel lo representaría Sayed al-Badawi, presidente del histórico partido Wafd, otro que respalda a Al Sisi. No obstante, la cúpula de la formación frustró las ambiciones de al-Badawi y votó en contra de su candidatura. Así que Musa será finalmente el candidato de paja del régimen”, declaró Eskandar.

Por tanto, este es el escenario de las próximas elecciones, las cuales están marcadas por la no mejora de la situación del país desde la caída de la dictadura. Al contrario, el país se ha estancado en una profunda crisis económica, de la cual tuvo que ser rescatado por el Banco Mundial, y que ha llevado a la implantación de un programa de austeridad económica, arrastrando a las clases más desfavorecidas.

Por una parte, el indicador de garantías democráticas ha caído fuertemente como consecuencia del brutal ataque que ha realizado Al-Sisi durante estos cuatro años, en los que miles de periodistas, jóvenes activistas y militantes de ideologías diversas han sido detenidos y encarcelados. Por su parte, el indicador político se encuentra en una situación similar ya que, en Egipto, apenas existe una oposición real. Los partidos islamistas o han sido encarcelados o sus dirigentes han tenido que huir. Además, se han llevado a cabo una serie de políticas que han permitido reforzar los privilegios del ejército (el cual siempre gozo de estos), convirtiéndoles en un actor político, un poder en la sombra, el cual ha desempeñado diferentes políticas, que han provocado la marginación de los sectores sociales no afines. El ejército ha obtenido el control sobre el complejo industrial, comercial y financiero vinculado a las Fuerzas Armadas, así como su derecho de veto sobre nombramientos claves.

Con este ambiente, el secretario de Estado de Estados Unidos, Red Tillerson, ratificó, durante su visita a Egipto la semana pasada, su apoyo al régimen de Al-Sisi. Esto se debe a que la administración de Trump está centrada en la lucha anti terrorista, la cual coincide con la misión lanzada por las autoridades egipcias en el norte de la Península del Sinaí, la cual se ha convertido en el reducto del DAESH tras su fracaso en de control territorial en Irak y Siria. Por su parte, el DAESH y Al- Qaeda han instado a “derrocar al régimen de Al-Sisi” y a que “borren todos los errores cometidos por los grupos islámicos” desde el derrocamiento de Hosni Mubarak en 2011 y logren un nuevo comienzo a través de la violencia yihadista tras el fracaso de “los métodos pacíficos”.

Por tanto, el futuro inminente para Egipto se tiñe de sombras de fraude y amparo de la corrupción institucional, en aras de un bien mayor como es la contención del yihadismo. Todo parece indicar que los cambios para este país árabe tardaran en llegar ya que la candidatura de Al-Sisi tiene todas las papeletas de salir elegida. Egipto se está convirtiendo en una caldera donde la presión, contenida, sigue aumentando. ¿hasta cuándo aguantará sin estallar? ¿Será capaz la sociedad civil egipcia de encontrar vías de mejora que lo eviten? El tiempo dirá.


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Slogans against Egypt’s President Mohamed Morsi during a march to the presidential palace in Cairo in Egypt, on February 1, 2013. UPI/Ahmed Jomaa

The most populous Arab country on the planet will begin at the end of March the third “democratic” elections since the fall of the Mubarak dictatorship in 2011.

 

Al-Sisi ascended to the power after the coup d’état in 2013, which managed to knock down Mubarak and the organization of the Muslim Brotherhood, allowing the celebration of an elections on the following year. In these Al-Sisi, after resigning from his military charges, he devastated his rivals (96,9 % of the suffrage), due to the fact that it had of a real popularity in a wide sector of the Egyptian society, which had been formed during the whole process of overthrow of the former government.

However, those elections were not free, nor did they have guarantees of opportunity, and Hamdin Sabbahi, third candidate more voted, suffered a furious campaign of loss of prestige on the part of the half party-liners. The above-mentioned situation repeats itself as the first return approaches (March 26-28) of these elections qualified of “fraud” by the opposition and for several social sectors. To these new assemblies, there appeared 31 candidates, of which it is necessary to stand out to three big figures of the Egyptian politics.

The first of them is Ahmed Shafiq, ex-prime minister of the dictatorship of Mubarak, who already appeared in those of 2012. Of conservative ideology, Shafiq began to be a danger for Al-Sisi when they started both appealing to the same electorate. “Shafiq represents to the “deep state” of the regime of Mubarak, which wanted to take advantage of the indifference with Al-Sisi’s policies to defend his interests “, Ahmed Al-Bakry aims, an analyst of Islamist trend. Nevertheless, Shafiq withdrew his candidacy invoking to the “strong pressures” that he had received on the part of the governmental means.

Secondly, Jaled Ali, a lowyer who started echoing last year after the case so famous the concession of two islands to Saudi Arabia on the part of the Egyptian government, which was stopped thanks to Jaled. This is part of the only current opposition stronghold in Egypt, the Alliance 25-30, which it possesses a role bears witness and a score of deputies of liberal – progressive trend. Nevertheless, when he outlined as a strong opponent against Al-Sisi, the district attorney’s office accused him of “of having realized an obscene gesture” after receiving a favorable judgement in case of the islands. In September, it was condemned to three months of jail, and his appeal has been postponed until March, for what his convict’s current condition will prevent him from competing in the elections.

And, finally, Sami Anan, ex-chief of the Staff Officer during 2005-2011, is he possesses experience in the battlefield, doing of him a strong rival. But, as both previous ones, it was stopped on January 23 after the armed forces were accusing him of forging documents, to be postulated without possessing the military authorization, as well as of instigating the discord between the public opinion.

With these three cases, Al-Sisi and his government (controlled by the army), have hinted at the chain of violations and harassments that have led to eliminate any figure that could jeopardize the victory of the Egyptian marshal. Only these infractions have survived Mostafa Mousa, leader of the Ghad party, and he will be the only one facing the Egyptian president in the impending elections. “The regime wants some competitor to pretend they are real elections, but it must be a candidate they can control,” analyst Wael Eskandar declared a few months ago. “Over a weekend, it seemed that this role would be represented by Sayed al-Badawi, president of the historic Wafd party, another who supports Al Sisi. However, the leadership of the formation frustrated al-Badawi’s ambitions and voted against of his candidacy, so Musa will finally be the straw candidate of the regime, “declared Eskandar.

Therefore, this is the scenario of the next elections, which are marked by the lack of improvement in the situation of the country since the fall of the dictatorship. On the contrary, the country has stagnated in a deep economic crisis, from which it had to be rescued by the World Bank, and which has led to the implementation of a program of economic austerity, dragging the most disadvantaged classes.

On one hand, the indicator of democratic guarantees has fallen down strongly as consequence of the brutal assault that Al-Sisi has realized during these four years, in which thousands of journalists, young activists and militants of diverse ideologies have been detained and imprisoned. For another part, the political indicator is in a similar situation since, in Egypt, scarcely a real opposition exists. The Islamist parties or they have been imprisoned or his leaders have had to flee. In addition, a series of policies have been carried out that have allowed to reinforce the privileges of the army (which they always enjoy these), turning them into a political actor, a power in the shade, which has played different policies, which have provoked the marginalization of unrelated social sectors. The army has obtained control over the industrial, commercial and financial complex linked to the Armed Forces, as well as its right of veto over key appointments.

With this atmosphere, the Secretary of State of the United States, Red Tillerson, ratified, during his visit to Egypt last week, his support for the Al-Sisi regime. This is because the Trump administration is focused on the fight against terrorism, which coincides with the mission launched by the Egyptian authorities in the north of the Sinai Peninsula, which

has become the redoubt of the DAESH after its failure in territorial control in Iraq and Syria. For their part, the DAESH and Al-Qaeda have called for “overthrowing the Al-Sisi regime” and for “erasing all the errors committed by the Islamic groups” since the overthrow of Hosni Mubarak in 2011 and achieving a new beginning through of jihadist violence after the failure of “peaceful methods”.

Therefore, the imminent future for Egypt is tinged with shadows of fraud and protection from institutional corruption, for the sake of a greater good such as the containment of jihadism. Everything seems to indicate that the changes for this Arab country will take time to arrive since Al-Sisi’s candidacy has all the ballots to be elected. Egypt is becoming a boiler where pressure, contained, continues to increase. How long will it last without exploding? Will Egyptian civil society be able to find ways to improve that? Time will tell.

 

MARTA E. MOLINA

FUENTES 

https://elpais.com/internacional/2018/01/24/actualidad/1516820501_321414.html

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