TAILANDIA, DICTADURA MILITAR E INSURGENCIA ISLAMISTA/ Thailand, military dictatorship and Islamic insurgency

1549605604445Las cuatro provincias situadas al Sur de Tailandia están habitadas por una mayoría de población de etnia malaya y  religión musulmana sunnita. El espacio que ocupan dichas provincias se corresponde en gran medida con el antiguo Sultanato Malayo de Pattani, territorios que fueron anexionados por la dinastía tailandesa en 1909. Económicamente se trata de una de las regiones más deprimidas del país.

La política de Bangkok en el último siglo ha estado marcada por el intento de homogeneizar culturalmente al país (con especial énfasis en la lengua), mediante la asimilación de los malayos en el cuerpo mayoritario de la sociedad.  La educación ha sido utilizada como herramienta para este propósito, con un sistema escolar monolingüe. La mayoría de la población en la región meridional del país no habla tailandés, sino su propio dialecto malayo.

Si bien la aparición de grupos insurgentes en el Sur de Tailandia tiene su origen en los años 60, es a principios del siglo XXI cuanto comienza una verdadera escalada de la violencia, cuyo balance a día de hoy se calcula en torno a las 6.700 muertes.  Los ataques de la insurgencia malaya musulmana son de baja intensidad (pistoleros motorizados, bombas de escasa potencia), si bien tienen lugar con una alta frecuencia. Los grupos insurgentes reclaman autonomía política para la región mediante la creación de un estado independiente e islámico, alegando tratar de preservar su identidad frente a la discriminación étnica.

La Junta Militar que gobierna Tailandia desde el golpe de 2014 (cuyo nombre oficial es Consejo Nacional para la Paz y el Orden), mantiene la ley marcial en el Sur del país, donde tiene desplegado un contingente militar formado por  40.000 soldados. La ONG Amnistía Internacional ha denunciado lo que llama una “cultura de torturas” contra los insurgentes. La organización ha documentado hasta 74 casos de torturas y malos tratos atribuidos tanto a ejército como policía. Los abusos se producen de forma extensiva a otros grupos sociales, como opositores, drogadictos, inmigrantes y minorías. Las fuerzas de seguridad tienen la potestad de recluir a  sospechosos en prisiones militares  sin supervisión judicial por un plazo de hasta 7 días. Las prácticas denunciadas incluyen  asfixia con bolsas de plástico, ahogamiento simulado o descargas eléctricas en genitales. Los responsables cuentan con total inmunidad en base a las leyes con las que el ejército se auto-otorga plenos poderes.

Asimismo, la Junta Militar ha restringido de forma drástica el ejercicio de los derechos y las libertades públicas, prohibiendo el derecho de manifestación pacífica y sometiendo a juicios militares a aquellos que emiten críticas hacia la Corona o hacia el gobierno militar interino. El delito de lesa majestad está castigado con hasta 15 años de prisión.  Los activistas pro-derechos humanos que denuncian los casos de maltratos se enfrentan frecuentemente a cargos por difamación.

Por otra parte, la Junta Militar se ha desentendido de la cuestión que afecta a la minoría  rohingya. Esta minoría de religión musulmana sufre en Tailandia el secuestro a manos de las redes de venta de personas o la deportación al “infierno” de Myanmar. En este sentido, Tailandia se ha convertido en los últimos años en el centro de la trata de personas en Asia. La magnitud del fenómeno está asociada a la corrupta colaboración tanto de funcionarios locales como de  fuerzas de seguridad.

Tailandia aprobó el pasado año un nuevo texto constitucional que refuerza el control del país por parte de las Fuerzas Armadas. Una aprobación mediante referéndum que estuvo precedida por una fuerte campaña de represión contra aquellos que apoyaban públicamente el rechazo hacia la  Carta Magna, algunos de ellos condenados por tribunales militares con hasta 10 años de prisión. Tras continuos cambios de fecha, el líder de la Junta Militar ha prometido la celebración de elecciones para el próximo año 2018. El Gobierno que emane de dichos comicios  tendrá unos poderes limitados en base a la nueva constitución, que refuerza el control de la política por parte de las autoridades castrenses. La comunidad internacional debe ejercer mayor presión sobre la junta militar para que tengan lugar avances efectivos hacia la democracia y se reduzca la creciente polarización entre conservadores y populistas.


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Political situation in Thailand. Made by GIASP – Antonio Sáenz Peco

The four provinces located in the southernmost part of Thailand are inhabited by a majority of ethnic Malay population and Sunni Muslim religion. The space occupied by these provinces corresponds largely with the former Malayan Sultanate of Pattani, territories that were annexed by the Thai dynasty in 1909. Economically it is one of the most depressed regions of the country.

The policy of Bangkok in the last century has been marked by the attempt to homogenize the country culturally (with special emphasis on language), by assimilating the Malays in the majority body of society. Education has been used as a tool for this purpose, with a monolingual school system. Most of the population in the southern region of the country does not speak Thai, but their own Malay dialect.

Although the emergence of insurgent groups in southern Thailand has its origins in the 1960s, it is at the beginning of the twenty-first century that an escalating truth of violence begins, whose balance today is estimated at around 6,700 deaths. The attacks of the Muslim Malaysian insurgency are of low intensity (motorized gunmen, low power bombs), although they take place with a high frequency. Insurgent groups claim political autonomy for the region by creating an independent and Islamic state, claiming to try to preserve their identity against ethnic discrimination.

The military junta that governs Thailand since the coup of 2014 (officially named National Council for Peace and Order) maintains martial law in the south of the country, where it has deployed a military contingent of 40,000 troops. The NGO Amnesty International has denounced what it calls a “culture of torture” against the insurgents. The organization has documented up to 74 cases of torture and ill-treatment attributed to both army and police. Abuses occur extensively to other social groups, such as opponents, drug addicts, immigrants and minorities. Security forces have the power to detain suspects without judicial supervision for up to 7 days. The reported practices include suffocation with plastic bags, simulated drowning or electric shocks to the genitals. Those responsible have full immunity based on the laws with which the army grants itself full powers.

Likewise, the military government has drastically restricted the exercise of public rights and freedoms by prohibiting the right of peaceful demonstration and by subjecting military judges to those who issue criticism of the Crown or the interim military government. The crime of lese-majesty  is punished with up to 15 years in prison. Pro-human rights activists who report cases of ill-treatment often face defamation charges.

On the other hand, the Military Board has disregarded the issue affecting the Rohingya minority. This minority of Muslim religion suffers in Thailand from the kidnapping of people selling networks or deportation to Myanmar’s “hell”. In this sense, Thailand has become in recent years the center of human trafficking in Asia. The magnitude of the phenomenon is associated with the corrupt collaboration of both local officials and security forces.

Thailand approved last year a new constitutional text that reinforces the control of the country by the Armed Forces. An approval by referendum that was preceded by a strong campaign of repression against those who publicly supported the rejection of the Magna Carta, some of them condemned by military courts with up to 10 years in prison. Following continuous changes of date, the leader of the Military Junta has promised to hold elections for the year 2018. The Government that emanates from these elections will have limited powers based on the new constitution, which strengthens the control of the policy by  the military authorities.

Antonio Sáenz Peco

https://www.hrw.org/asia/thailand

https://www.amnesty.org/en/countries/asia-and-the-pacific/thailand/

http://www.un.or.th/

https://www.oecd.org/dev/asia-pacific/Thailand.pdf

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